Page 717 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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había  hecho  preparar  el  célebre  plato  espartano

            conocido  como  «caldo  negro»  del  que  un  ateniense


            había dicho: «No me extraña que vayan dichosos a la

            muerte con tal de no volver a probarlo».


                  Tras  retirar  el  caldo  negro,  llegaron  los  platos  de


            verdad,  y  el  vino  corrió  en  abundancia.  Después  los

            invitados se retiraron a otra sección de la gran tienda,

            donde los pajes habían colocado triclinios y veladores


            con  vino  y  golosinas  diversas.  Allí  les  esperaban  las

            flautistas y cortesanas. Alejandro se había esmerado.

            Para Areo había hecho traer a la mujer más bella del sur


            de  Italia,  una  joven  que  se  hacía  llamar  Nerea  en

            recuerdo de una célebre cortesana que había vivido en

            Atenas  en  la  época  de  Alcibíades  y  a  la  que,  por  lo


            exquisito  de  sus  dones,  llamaban  «la  amada  de  los

            dioses». Su cabello, de natural rubio, se veía aún más


            claro  por  la  manzanilla  que  usaba  para  aclarárselo;

            tenía  dos  enormes  ojos  azules,  la  boca  carnosa,  un

            cuerpo digno de Afrodita bien ceñido por una túnica


            casi transparente y, aunque no tocaba demasiado bien

            la  lira,  lo  hacía  con  mucha  elegancia  para  lucir  sus


            largos y finísimos dedos. Y, por supuesto, durante toda

            la velada no tuvo ojos ni oídos más que para Areo.


                  Con  el  vino  y  los  bailes  de  las  muchachas,  los

            ánimos se fueron enardeciendo y la fiesta se convirtió


            en  lo  que  era  de  esperar.  Cuando  las  escenas  de  los



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