Page 748 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Sólo una cosa le echaba en cara al destino: no dejarle
morir en una gran batalla en vez de en una escaramuza,
él, que había mandado a más de cuarenta mil hombres
en combate. Perderse el combate decisivo entre
Alejandro y Roma.
Pero entonces, cuando los Compañeros empezaron
a entonar el peán y los caballos aceleraron su galope
hasta que sus cascos retumbaron como el trueno,
Crátero volvió la mirada a ambos lados y se vio
rodeado por cuarenta lanzas tendidas hacia el enemigo
y cuarenta rostros decididos a seguirle hasta el
infierno. Miró de nuevo al frente y vio que los romanos
se habían refrenado, como si no pudieran creer que una
tropa tan exigua les embistiera a ellos, los
perseguidores. Y entonces decidió que sí, que merecía
la pena morir con aquellos macedonios, con aquellos
auténticos Compañeros. Aferrando con fuerza su larga
lanza de madera de tejo, volvió a clavar los talones en
los ijares de su caballo, abrió su enorme boca y gritó
con toda la fuerza de sus pulmones:
—Aléxandros kai nike!
El día siguiente a la partida de las legiones, a la hora
en que el Foro empezaba a llenarse, se formó un corrillo
de gente cerca del edificio del Senado, delante de la
rostra desde la que los oradores se dirigían al pueblo
en los comicios. Pero esta vez no había ningún cónsul,
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