Page 769 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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encontrar a una que lo mereciese más que ella: hija,
esposa y hermana de reyes, y regente ella misma del
Epiro durante muchos años. El discurso del famoso
orador ateniense Dinarco arrancó lágrimas a todos los
presentes durante la ceremonia fúnebre, y fueron
lágrimas sinceras, pues Cleopatra era muy querida,
mucho más que su madre, la intrigante Olimpia.
Esa noche, en el terrado de la mansión, Alejandro
preguntó a Pérdicas:
—¿Qué voy a hacer contigo?
El jefe de los Compañeros comparecía ante él
descalzo, desarmado y vestido tan sólo con una túnica
sin cíngulo. Alejandro había insistido en que no le
ataran las manos, una orden que había hecho fruncir el
ceño a Lisanias. Incluso cuando Pérdicas se quedó
inconsciente, los pajes habían tenido que abrirle los
dedos a viva fuerza para conseguir que soltara la
garganta de Roxana.
El embalsamador había sufrido muchos problemas
para arreglar el semblante de la bactria. Tan hermosa
en vida, en la muerte su rostro se había descompuesto
en un gesto de miedo y de odio que agarrotaba sus
rasgos como si hubieran quedado fundidos en bronce.
De todos modos, Alejandro sólo le había dedicado una
mirada y luego había ordenado que cerraran el
catafalco.
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