Page 771 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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También el almirante Nearco, que acababa de llegar de
Sicilia, y el inquietante Mirmidón, que se mantenía
apartado de los demás y sin pronunciar palabra.
—¿Y bien? ¿Qué hago contigo? —repitió Alejandro.
—Haz lo que te parezca. Ya me da igual —
respondió Pérdicas. Tenía los brazos pegados a los
costados, los hombros gachos y hasta las mejillas
caídas, como si la edad le hubiera vencido de repente.
Lisanias recordó que aquel hombre le sacaba veinte
años.
—Seguro que si lo empalas y lo dejas agonizar al sol
no le da igual —sugirió Oxibaces.
—Sé que amabas a mi hermana —dijo Alejandro,
sin hacer caso al bactrio—. También sé que su muerte
te ha afectado mucho, pero no puedo concebir que te
haya hecho perder la cordura hasta tal punto. ¿Qué
tiene que ver la muerte de Cleopatra con el crimen que
has cometido? ¡Un macedonio, un Compañero
estrangulando a una mujer!
—¿Seguro que quieres oír la verdad? —preguntó
Pérdicas, mirando a los ojos a Alejandro.
Lisanias contuvo la respiración. El tono de Pérdicas
era tan ominoso como todas las señales en aquellos
últimos tiempos. Se decía que dos días antes un buey
sacrificado había sacado la lengua para lamer su propia
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