Page 772 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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sangre después de que le cortaran la cabeza, y después

            de los prodigios y desgracias acaecidos, Lisanias estaba


            dispuesto a creerlo.


                  —Seguro —dijo Alejandro—. Habla.


                  Pérdicas se explayó. Ante el gesto de estupor de los

            presentes,  algunos  de  los  cuales  lo  conocían  desde


            niño, confesó que había traicionado al rey acostándose

            con  su  esposa  y  que  los  remordimientos  le  habían

            llevado  a  conspirar  para  envenenarlo.  Mientras


            escuchaba  los  pormenores  de  la  trama,  Lisanias

            rememoró el banquete de Babilonia como si se hubiese

            celebrado  la  noche  anterior.  Sí,  se  acordaba  de  que


            Pérdicas apenas había hablado ni probado bocado, y

            no  hacía  más  que  mirar  al  suelo  con  gesto  culpable.


            Incluso aquel gesto de catar la copa de Heracles antes

            para fabricarse una coartada cobraba nuevo sentido.


                  ¡Y qué empeño tenía por que Lisanias atrapara a la


            muchacha  de  la  malla  de  plata  y  se  la  entregara  en

            persona! ¿Quién de los ahora presentes había estado en

            el interrogatorio donde murió Nina? Sólo Pérdicas. La


            verdad sobre la conjura de Babilonia había muerto con

            ella.


                  —Todo cuadra.


                  Alejandro volvió la mirada hacia él, y Lisanias se


            dio cuenta de que había pensado en voz alta.




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