Page 773 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—Claro  que  cuadra,  porque  es  la  verdad  —dijo

            Pérdicas—. Me estoy condenando a mí mismo. ¿Qué


            interés tendría en mentir?


                  Alejandro,  sentado  en  un  sitial,  había  ladeado  la

            cabeza  y  se  acariciaba  la  barbilla.  Por  un  momento


            Lisanias temió que hubiera perdido la vista de nuevo,

            pero sólo era un gesto ausente.


                  —Vuelvo a repetirte, Pérdicas. ¿Qué hago contigo?

            Y tú, ¿aún quieres empalarlo, Oxibaces? — preguntó


            volviéndose  hacia  el  bactrio.  Éste  se  hallaba  tan

            avergonzado de su hermana que había clavado la vista

            en el suelo y sólo salmodiaba algo inaudible.



                  —Está  muy  claro  lo  que  debes  hacer  conmigo,

            Alejandro  —dijo  el  propio  Pérdicas—.  Puedes

            matarme aquí mismo, o puedes hacer que me juzgue el


            ejército en armas y me ejecuten a lanzazos.


                  —Lo  segundo  es  inaceptable.  A  estas  alturas,  es

            mejor  que  no  se  sepa  la  verdad.  Si  Casandro  y


            Antípatro eran inocentes de ese crimen, en cambio eran

            culpables de otros. Lo hecho, hecho está. — El rey se

            levantó de su asiento—. La historia del veneno no debe


            salir de aquí. Os conmino a todos a que lo juréis por

            Zeus, Deméter y Poseidón.


                  Todos  ellos,  salvo  Pérdicas,  juraron  por  las


            divinidades del cielo, la tierra y el mar.




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