Page 774 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—Tú también —le ordenó Alejandro a Pérdicas.


                  —¿Qué más da a estas alturas?


                  —¡Jura ahora mismo, o querrás jurar luego cuando


            ya sea demasiado tarde! —gritó el rey, tirándole de la

            barbilla para que le mirara a la cara.


                  —¡Está bien! Pongo por testigos a Zeus, Deméter y

            Poseidón  de  que  ninguna  palabra  sobre  este  asunto


            saldrá de mi boca.


                  Alejandro le soltó y se volvió hacia la balaustrada

            de la azotea. La luna en cuarto creciente se acercaba a


            su cenit, bañando de color gris acero unos jirones de

            nubes  que  flotaban  bajo  ella.  Ícaro  aún  tardaría  en

            aparecer en el cielo cinco noches más.



                  —Roxana  murió  asfixiada  —dijo  Alejandro,  sin

            volverse. Los demás se miraron sin comprender: claro

            que había muerto asfixiada. Pero el rey prosiguió—: La


            conmoción que sufrió al enterarse de la muerte de su

            cuñada y amiga Cleopatra fue tal que se atragantó con

            un  trozo  de  carne  que  estaba  comiendo.  Néstor  —


            añadió volviéndose hacia el médico— llegó tarde para

            salvarla porque me estaba atendiendo a mí.


                  —¿Y eso es todo? ¿Qué pasará con él? —preguntó


            Oxibaces, señalando a Pérdicas.


                  —De  momento  nada.  Todo  queda  en  suspenso

            hasta que nos enfrentemos a los romanos. La moral del



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