Page 776 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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instalación de madera que se había construido para el
certamen de esgrima y, de paso, sospechaba Demetrio,
para mantener atareados a los carpinteros y soldados
de infantería ligera que la habían montado. A duras
penas habían conseguido sitio allí abajo, apoyados en
la valla de madera que delimitaba la gran palestra; de
lo cual se alegraba Demetrio, pues los cinco pisos de
gradas crujían demasiado para su tranquilidad.
Posidonia y sus alrededores eran tan llanos que no
había forma de encontrar laderas naturales como las
del teatro de Epidauro o la Pnix donde se reunía la
asamblea de Atenas, y finalmente habían tenido que
levantar aquel teatro circular para los juegos.
Demetrio se puso la mano a modo de visera, pues el
sol empezaba a caer. Gorgo tenía razón, era la quinta
vez que decía lo mismo hoy. Podía creer, a
regañadientes, que su hermano se hubiera clasificado
en las rondas de eliminación de la víspera. Hasta era
concebible que hoy hubiese empezado el día entre los
treinta y dos mejores espadachines del ejército de
Alejandro. Pero a partir de ahí lo ocurrido entraba en
el terreno de lo milagroso, como el prodigio del buey
que había lamido su propia sangre después de
decapitado. Demetrio no había presenciado ese
portento, pero aún así estaba más dispuesto a creerlo
que a aceptar lo que veían sus ojos. En el día de hoy
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