Page 777 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Euctemón había vencido, por este orden, a un
macedonio de la falange, a un mercenario de Arcadia y
a un espartano. Después, en el penúltimo combate,
había doblegado por cinco puntos a tres a un hondero
rodio hábil y escurridizo como una lagartija.
Y ahora estaba ahí de nuevo, con su escudo y su
larga espada de madera, caminando entre los dos
surcos marcados con sangre de jabalí que delimitaban
el terreno de combate. Las victorias no le habían dado
más garbo, y andaba como siempre, como si buscara
una dracma caída en el suelo.
—Pero ¿es que no quieres que gane? —le preguntó
Filo.
—Claro que quiero —respondió él—. Lo que pasa
es que lo veo tan cerca...
—Que me temo una jugarreta del destino, añadió
para sí.
El finalista que avanzaba hacia Euctemón no era un
rival cualquiera, sino Peucestas, jefe de los hipaspistas,
Compañero y Guardia del Rey, el hombre que había
cubierto con su escudo a Alejandro. Un guerrero de
porte homérico, una masa de músculos.
—¡Mirad! —dijo Cíclope, señalando a la tribuna de
la zona oeste. Allí se sentaban todos los generales y los
familiares de los difuntos, incluyendo a los tres hijos de
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