Page 83 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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olas largas que se rizaban en pequeños vellones
blancos, pero Clea aún no se había mareado y quería
creer que ya no le pasaría. Las aguas se veían más grises
que azules, pues el cielo estaba sucio, y el litoral de
Lucania, la región del sur de Italia que estaban
costeando, apenas se intuía como un borrón alargado.
Seguida por su pequeña comitiva, Clea continuó su
paseo hacia la proa, rodeando los corrillos de soldados
que jugaban a las tabas, las damas, las canicas y, sobre
todo, a los dados, entre gritos, carcajadas y sonoros
golpetazos de los cubiletes sobre la cubierta. Algunos
incluso se ejercitaban en la lucha, aunque era más bien
una pantomima por la falta de espacio. También
tuvieron que esquivar las catapultas, de las que había
cinco a babor, cinco a estribor y una en cada proa.
Algunas lanzaban flechas de cinco codos y otras
arrojaban pedruscos de hasta dos talentos. Los
encargados de atenderlas, cuatro hombres por
máquina, se dedicaban a sacar brillo a las piezas
metálicas y a engrasar las gruesas cuerdas de los
mecanismos de torsión, trenzadas con cabellos
humanos; Alejandro debía ver las catapultas tan
nuevas como si acabaran de salir del arsenal. Clea no
era particularmente aficionada a las armas, pero desde
niña había oído a su padre hablar de tácticas,
estrategias y máquinas de guerra, y al final se había
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