Page 787 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Demetrio  sospechaba  que  en  todas  aquellas

            evoluciones había más coreografía de lo que parecía;


            pero  aunque  los  movimientos  estuvieran  ensayados,

            los  golpes  resonaban  como  martillazos  y,  por  muy

            acolchadas, que fueran las túnicas interiores las caídas


            tenían por fuerza que ser dolorosas.


                  Pronto el público eligió a dos favoritos, un Argéada

            que montaba un enorme caballo negro y un caballero


            de Ahura Mazda a lomos de un corcel blanco. Ambos

            fueron  derribando  a  sus  rivales,  y  por  fin,  como  los

            gemelos Eteocles y Polinices en Los Siete contra Tebas,


            se quedaron solos frente a frente.


                  Astilladas  ya  las  lanzas,  ambos  desenvainaron

            espadas de dos codos de largo que refulgían al sol de


            la  tarde.  Era  de  suponer  que  los  filos  estaban

            embotados,  pero  cualquiera  habría  creído  que  se

            trataba de un duelo a muerte por la saña con que se


            atacaban.  Los  golpes  hacían  saltar  chispas,  y  los

            propios caballos se habían trabado el uno contra el otro


            y  se  empujaban  con  la  cabeza  y  el  cuello  como  dos

            moruecos en celo. Por fin, el Argéada empuñó su acero

            con ambas manos y descargó un tremendo mandoble


            en el yelmo de su adversario. Éste dejó caer la espada y

            después, aturdido, resbaló por el costado del caballo y

            dio con sus huesos y sus placas de hierro y bronce en


            el suelo. La gente se puso en pie y aclamó al caballero



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