Page 786 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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señal de trompeta, los doce se embistieron. Pese a que
la distancia era corta, los corceles adquirieron una
velocidad considerable; pero en vez de chocar de
frente, las dos líneas se cruzaron, y los caballeros
buscaron el cuerpo de sus rivales con las lanzas. Eran
tan largas como las de los Compañeros, pero aún más
gruesas, y al no necesitar escudos las empuñaban con
ambas manos: usaban la derecha para sujetar el asta y
la izquierda para guiar la punta cruzándola sobre el
lomo o pasándola sobre las orejas del caballo. Aunque
las cuchillas estaban embotadas y tapadas con fundas
de cuero, al chocar entre sí y con la armadura del
adversario resonaban con un clangor metálico, como el
tañer de una campana.
Cuando el primer combatiente cayó de espaldas con
una sonora costalada, el público prorrumpió en
aplausos. El caballo, adiestrado, volvió a recoger a su
jinete, que se aferró a las riendas, se puso en pie con
cierto esfuerzo y se retiró de la liza.
Los demás se apartaron tras intercambiar unos
cuantos golpes más, trotaron hasta los extremos del
anfiteatro, volvieron grupas y se embistieron de nuevo,
esta vez seis contra cinco. Hubo tres caídas más en la
primera arremetida. Después, los supervivientes se
quedaron trabados en la lucha, tratando de estoquear a
sus adversarios o derribarlos con tajos y molinetes.
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