Page 789 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
P. 789

civiles,  hombres,  mujeres,  griegos,  macedonios  y

            bárbaros  aplaudían,  chillaban  y  golpeaban  cualquier


            cosa que tuvieran a mano y que pudiera hacer ruido.


                  —ALÉXANDROS!                                                  ALÉXANDROS!

            ALÉXANDROS!


                  El rey hizo dar una corveta a su enorme corcel, que


            no era otro que Amauro, y después dio una vuelta al

            anfiteatro para recibir los vítores del ejército. A su paso

            caían ramos y coronas de flores, y conforme se acercaba


            a cualquier zona de las gradas el clamor crecía más aún,

            como  el  bramido  de  un  temporal  rompiendo  en  los

            acantilados.



                  —¿Veis  cómo  no  está  enfermo?  —dijo  Cíclope,

            olvidando  que  un  rato  antes  había  dicho  justo  lo

            contrario.



                  El rey se acercó a ellos. A lomos de Amauro parecía

            un  gigante,  un  híbrido  de  Apolo  y  Ares  bajado  del

            Olimpo.


                  —Enhorabuena,  Euctemón,  por  tu  victoria  y  tu


            gesto. Lo primero es propio de un buen soldado. Lo

            segundo es digno de un rey.


                  –Gracias,             Alejandro              —respondió                 Euctemón,


            sosteniéndole la mirada todo el tiempo que pudo.


                  —Venid  a  mi  tienda  después.  Vuestro  tiempo  de

            castigo ha terminado.



                                                              789
   784   785   786   787   788   789   790   791   792   793   794