Page 785 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—Ha estado bien. ¿Verdad que sí?


                  Demetrio levantó la cabeza. Su hermano le estaba

            mirando a la cara, aunque enseguida le apartó los ojos.


            Pero no por culpabilidad, pues estaba sonriendo, o algo

            parecido. Demetrio se dio cuenta de que su hermano


            era  tan  sólo  vagamente  consciente  de  lo  que  había

            sucedido y de lo que significaban su triunfo y su gesto.


                  —Sí,  Eute  —le  dijo—.  Ha  estado  muy  bien.  Tu

            geometría funciona.


                  Los catafractos salieron a la arena, recién bruñidas


            sus  armaduras  y  las  de  sus  enormes  monturas.  Se

            dividieron en dos filas de seis caballeros. La primera


            formó en la parte norte del anfiteatro, a la derecha de

            Demetrio,  haciendo  ondear  en  sus  lanzas  los

            estandartes solares de Ahura Mazda. La segunda, en la


            parte  sur,  lucía  pendones  rojos  con  la  estrella  de  los

            Argéadas. En realidad, Demetrio sabía bien que todos


            eran persas. O medos, o bactrios. Él, que nunca había

            pisado Asia, no era experto en tales distingos.


                  —Son partos —dijo Cíclope, a su derecha.


                  —No todos —repuso Filo—. Algunos proceden de

            Carmania.



                  Como  fuere,  era  imposible  saberlo,  porque  los

            cascos empenachados eran más cerrados incluso que

            los yelmos corintios y no dejaban ver sus rostros. A una




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