Page 788 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
P. 788
que lucía la estrella de Macedonia.
—¿Qué más dará, si también es un asiático? —dijo
Gorgo, con las manos puestas sobre el montón de
armas que acababa de ganar sin despeinarse.
—La gente es así —respondió otro veterano en tono
filosófico, sin especificar demasiado en qué consistía
ser «así».
El catafracto caído se levantó con la ayuda de sus
compañeros, se quitó el yelmo y saludó con el brazo en
alto.
—Es el príncipe Oxibaces. Pero ¿quién es el otro? —
preguntó Filo. Los demás catafractos se descubrieron
también y mostraron sus barbas rizadas; algunas eran
doradas, y las más, negras. Todos ellos señalaron al
vencedor, que enarboló la espada sobre la cabeza.
—Lo vamos a saber ahora —dijo Demetrio, que
tuvo un presentimiento al ver que el jinete envainaba
la espada, se llevaba ambas manos al yelmo y lo
levantaba sobre su cabeza.
Hubo un instante de silencio en el que se hubiera
podido escuchar la caída de un óbolo. Después, cuando
todos reconocieron el cabello rubio y el rostro afeitado
de su rey, la multitud estalló en un rugido unánime que
dejó pequeñas todas las ovaciones que se habían
escuchado durante la tarde. Tanto soldados como
788

