Page 793 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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cuyo contenido prefería no pensar. Quien no conociera

            la verdad tendría que haberse acercado bastante a ella


            para saber que era una mujer.


                  Gorgo había premiado la generosidad de Euctemón

            situándolo  en  el  segundo  puesto  de  la  fila  y,  por  no


            separar a los hermanos, a Demetrio lo había colocado

            el tercero. Estaban muy cerca de la zona de matanza,

            un honor al que Demetrio habría renunciado gustoso,


            pero  que  Euctemón  se  había  tomado  muy  en  serio.

            Desde  que  le  había  dicho  a  Alejandro  que  quería

            combatir con sus camaradas, se había vuelto de pronto


            todo ardor guerrero, para disgusto de Demetrio, quien

            habría preferido estar más cerca de las últimas filas por

            si las cosas se ponían realmente feas.



                  Al  menos,  desde  allí  esperaba  divisar  algo  del

            campo de batalla, pero si torcía el cuello para asomarse

            por encima del hombro de su hermano lo único que


            veía más allá eran las espaldas del sexto batallón de

            sarisas. Demetrio preguntó a Cíclope, el hombre que


            tenía a la derecha, si esperaba que se librase la batalla

            ese mismo día.


                  —No,  seguro  que  no  —respondió  él,  aunque

            después  de  su  comentario  sobre  la  enfermedad  de


            Alejandro  y  la  facilidad  con  que  se  había  desdicho,

            Demetrio no se acababa de fiar de su tono asertivo—.

            Me  ha  soplado  el  tío  del  escudo  que  los  romanos



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