Page 84 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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desarrollado  en  ella  cierta  curiosidad  por  aquellos

            juegos de varones.


                  Cuando pasaron bajo el palo de artemón, Clea no


            pudo resistir la tentación de levantar la vista una vez

            más, a pesar del vértigo. Allí, en la cofa, un marinero


            oteaba el horizonte, a tanta altura como el torreón de

            Ortigia que se asomaba al puerto viejo de Siracusa.


                  —Qué  vértigo,  ¿verdad?  —dijo  alguien  a  su

            espalda.


                  Clea se volvió. Sentado sobre un rollo de maroma,


            estaba  Néstor,  que  había  llegado  de  Alejandría  unos

            días  antes,  a  tiempo  de  incorporarse  a  la  flota  que


            viajaba a Posidonia. Sin esperar respuesta, el médico

            volvió a bajar la mirada a lo que estaba escribiendo. A

            Clea le llamó la atención que en vez de usar un rollo de


            papiro  utilizara  trozos  de  piel  curtida  cortados  en

            cuadrados  y  cosidos  con  hilos  por  las  esquinas


            superiores. Cuando terminaba de escribir en una cara,

            daba la vuelta a la piel para aprovechar el envés. Clea

            se acercó más, pese al siseo admonitorio de Ada, que se


            empeñaba en seguirla con la sombrilla para protegerla

            de la canícula. El texto le resultaba ilegible y el médico

            lo escribía a una velocidad endiablada sin levantar el


            cálamo. —¿Eso es egipcio? —le preguntó.


                  Él  levantó  la  mirada  y  frunció  las  cejas  como  si

            estuviera pensando la respuesta. Clea nunca le había


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