Page 795 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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rítmico.


                  Entre falsas alarmas que le ponían el corazón en un

            puño, fue pasando la mañana. Hubo un momento en


            que  comprendió  por  qué  los  Agriopaides  habían

            cargado  contra  el  enemigo  sin  que  se  lo  ordenaran.


            Estar  ahí  parado,  cociéndose  al  sol  debajo  de  tantas

            capas de lino y metal, sin saber no sólo qué iba a pasar,

            sino  ni  tan  siquiera  qué  estaba  pasando  ahora,  era


            enloquecedor.


                  —No  te  preocupes  —le  dijo  Cíclope  al  verlo

            nervioso.  Aquel  macedonio  tuerto  podía  resultar  un

            poco pesado y sentencioso, pero también sabía ser un


            camarada  comprensivo—.  Aunque  los  romanos

            acepten la batalla, con un poco de suerte, nosotros no


            entraremos en combate.


                  —¿Un  poco  de  suerte,  dices?  ¿Sólo  un  poco?  —

            preguntó Demetrio.


                  —En  una  batalla  campal,  y  yo  ya  he  estado  en...


            Déjame que piense. Seis. No, siete, vamos a contar la de

            Trípoli,  aunque  estaba  tan  borracho  que  no  me

            acuerdo. Pues eso, en una batalla campal la mayoría de


            los soldados no llegan a tocar a un enemigo, ni siquiera

            a verle la cara.


                  —Sólo el culo de los compañeros —intervino Pirro.


                  —Eso es lo que te gusta a ti —dice Cíclope—. Pero




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