Page 797 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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haciendo de correo, se volvió y les dijo que dieran
media vuelta y regresaran al campamento por
pelotones. Fue un anticlímax para los Agriopaides, y
Demetrio percibió entre quienes lo rodeaban más
frustración que alivio. Él, por su parte, se sentía como
si le hubieran dado un día más de vida; aunque
también experimentaba una extraña decepción,
mezclada con la desazón de que al día siguiente
volvería a ocurrir lo mismo. Mientras regresaban, le
preguntó a Filo si había matado a alguien en una
batalla campal. El macedonio le contestó que no estaba
seguro, que sabía que había herido a varios enemigos,
pero no les había visto morir delante de él.
–Entonces, ¿no has matado a nadie?
—Yo no he dicho eso —respondió él, sin dejar de
mascar almáciga—. No todas las muertes son en
batallas. Por Alejandro hemos tenido que hacer cosas
muy duras a veces.
Demetrio prefirió no insistir.
Al llegar al campamento, tras un frugal almuerzo,
les obligaron a hacer instrucción. Los soldados se
quejaron y mentaron a las madres de todo el escalafón
del ejército, desde Gorgo hasta Alejandro, sin
perdonar, por supuesto, a Leónato. Pero estaban
contentos de tener algo que hacer y de sudar por
ejercitar los miembros, y no por estar parados al sol.
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