Page 800 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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el sol se ponía en su vida igual que estaba a punto de

            hacerlo ahora en las aguas del Tirreno. Se sentía como


            si tuviera una especie de trapo mojado en el interior de

            su cabeza que le presionaba contra los ojos y los oídos

            y embotaba sus pensamientos. El único de ellos que se


            repetía con claridad era que Cleopatra había muerto

            por  su  culpa.  La  lujuria  que  lo  había  empujado  a


            meterse en el lecho de Roxana y a atentar contra el rey

            se había cobrado la víctima más inocente, cuando él ya

            se  creía  libre  de  la  mirada  cruel  de  las  Erinias.  Pero


            Alejandro  ni  siquiera  le  había  castigado.  Delante  de

            otras personas hablaba con él como siempre, como si

            tan sólo fuera el general de los Compañeros, sin más.


            Como si el propio Alejandro hubiera olvidado el dolor

            por su hermana. Y probablemente lo había olvidado.

            Para el rey sólo existía ya la batalla inminente.



                  Los oficiales seguían discutiendo. Había más gente

            en la tienda que otras veces, formando corrillos que se

            acercaban  a  la  mesa  central  para  coger  comida  y


            servirse  vino.  Aparte  de  los  generales  macedonios,

            habían  acudido  los  jefes  de  los  contingentes


            extranjeros. Allí estaba Oxibaces, que se había cortado

            su  larga  barba  en  señal  de  duelo  por  su  hermana.

            Medoc,  el  jefe  de  los  tracios,  que  no  se  quitaba  su


            picudo gorro de piel ni cuando estaba bajo cubierto.

            Como  buen  tracio,  tenía  las  mejillas  grabadas  con




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