Page 799 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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recular. Para ayudarles, un tambor les marcaba los
pasos. Un rápido redoble, ratatatá, indicaba que
estuvieran atentos, y luego dos sonoros golpes,
DUMM, DUMM, marcaban un paso atrás con la pierna
derecha y otro con la izquierda. Descubrieron que lo
más práctico era que el hombre de la cuarta fila se diera
la vuelta y fuera avisando a los compañeros de los
baches y obstáculos del camino.
—¿Qué perrería nos estarán preparando ahora? —
se quejó Cérdidas en un descanso.
—Cállate, que nunca has combatido con nosotros y
no sabes lo que son perrerías de verdad — dijo Filo—.
No me extrañaría que nos hicieran enfrentarnos contra
la caballería romana.
—¡Vuelta a la formación, boquerones! —rugió
Leónato, y siguieron entrenando hasta que el sol
empezó a caer.
Pérdicas oía discutir a los oficiales como si
escuchara los zumbidos de una nube de moscas sobre
un cadáver. Estaban en la tienda de Alejandro; no la de
Darío, sino otra mucho más pequeña, la misma en la
que se había reunido con ellos la víspera de
Gaugamela. Habían pasado catorce años desde
entonces, casi una eternidad. En aquel tiempo Pérdicas
lo veía todo en el futuro, como un rayo de luz en el
horizonte oriental. Ahora todo estaba en su pasado, y
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