Page 814 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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había pasado, y Gayo lo sabía. ¿Cómo podían haber
asesinado a veinte hombres sin que nadie en los
alrededores del Tuliano se hubiera enterado? Los
cadáveres tendidos en la cárcel y en las Gemonías
hablaban de una sangrienta batalla, pero nadie había
oído nada. Obviamente, Papirio no podía saber que
Gayo había enviado un ejército de una sola persona.
Papirio había dejado correr el asunto, con el
consuelo, al menos, de creer que Gayo Julio había
perdido la pequeña fortuna en oro que le habían
ofrecido los macedonios. Luego, cuando llegó el
reparto de las legiones, hizo caso omiso a la
recomendación de Escipión y otros senadores y dejó a
Gayo con las manos vacías.
Por su parte, el consuelo de Gayo era que ningún
otro tribuno había recibido tal mando. Papirio había
optado por la veteranía y había entregado el mando de
las legiones a ex cónsules. Para asombro de todos,
regocijo de muchos y alarma de los más sensatos,
incluso había puesto al frente de la Sexta a Torcuato
Imperioso, quien a sus ochenta años había sacado brillo
a su yelmo y a la coraza de anillos de hierro que había
conquistado con su propia mano en las guerras contra
los celtas. Y allí estaba el viejo ahora, tieso como una
vara, con la barbilla levantada y observando a Papirio
con sus ojillos miopes, en la primera fila junto con los
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