Page 886 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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EPÍLOGO
Incluso antes de que las trompetas transmitieran la
orden de Alejandro, los soldados griegos y macedonios
apartaron las lanzas y las espadas, convencidos de que
el bólido era una señal: los dioses les mostraban que
aquella matanza de escala inhumana no les era grata y
que no aceptarían más sacrificios humanos por aquel
día. Un rato después, la tierra tembló. Algunos miraron
con temor a la montaña de fuego, pero el Vesubio se
quedó callado, y Alejandro hizo correr rápidamente la
voz de que el breve seísmo era una señal de que Gea
estaba ahíta de sangre y aprobaba su decisión de parar
la masacre.
Aún así, fue una carnicería. En los días posteriores,
cuando los vencedores hicieron el recuento de
cadáveres, se descubrió que entre romanos y aliados
habían muerto treinta y ocho mil hombres, más de la
mitad del ejército. La matanza se había cebado
especialmente en los soldados de infantería pesada, la
espina dorsal del ejército. A duras penas se habría
podido reunir una legión y media con los
supervivientes.
Si la mortandad había sido terrible entre los
legionarios, para los mandos había sido aún peor. El
dictador, su magister equitum, los dos cónsules, el
pretor, los consulares que mandaban las demás
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