Page 884 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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sin armadura se plantó ante ellos, desmontó del caballo

            tordo  pasándole  la  pierna  por  encima  del  cuello  y


            empezó a repartir tajos y estocadas entre el puñado de

            valientes que acompañaban a Gayo. Al darse cuenta de

            quién  era  aquel  hombre,  el  tribuno  soltó  su  propia


            espada y dejó caer los brazos a los costados.


                  —¿Quieres ser Rey del Bosque, soldado? —le dijo

            Mirmidón, acercándole la punta de la espada al cuello.


                  —Yo  te  ayudé  —dijo  Gayo,  sorprendido  de  la


            frialdad de aquellos ojos. Después de todo lo que había

            pasado, no podía concebir que fuese a morir a manos

            de Mirmidón.



                  —Te ayudaste a t¡ mismo, Gayo Julio. No te debo

            nada. Sólo le deberé algo a quien me libere, y eso no

            está en tu mano.



                  Gayo  Julio  tragó  saliva  y  se  esforzó  por  no

            parpadear. No quería morir con los ojos cerrados. No

            le daría a un enemigo esa muestra de debilidad.


                  —Empuja  esa  espada  y  acaba  de  una  vez  —


            masculló.


                  Pero no tuvo más remedio que parpadear. Una luz

            cegadora  apareció  en  el  cielo,  como  si  la  luna  o  el


            propio  sol  se  hubieran  descolgado  del  firmamento.

            Aquel bólido gigantesco pasó por encima del campo de

            batalla y dejó una larga estela, tan brillante que quienes




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