Page 882 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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suspendido sobre él, como una gran luna manchada.


                  —Tienes que hacer algo por mí, Gorgo.


                  —Lo que sea —dijo ella, con las mejillas bañadas en


            lágrimas que abrían surcos blancos en la costra de roña

            y sangre.


                  —Tú ya tienes una carga. Pero te pido que cuides a

            mi hermano.


                  Ella  le  besó  en  la  boca.  Sus  lágrimas  estaban


            calientes, o tal vez era que la piel de Demetrio estaba

            como un témpano.


                  —Lo haré, te lo prometo —sollozó ella.



                  Por encima de la cabeza de Euctemón se encendió

            una luz, como si un nuevo sol hubiera amanecido justo

            detrás de su nuca. Pero aquel sol era más rápido que el


            de verdad, porque pasó a la derecha de Euctemón y

            voló hacia el norte dejando una estela cegadora en el

            cielo.


                  —Es  Hermes  —musitó  Demetrio—.  Viene  a


            llevarme a... Ya no dijo nada más.


                  La Segunda Legión, que no había llegado a meterse

            en la trampa de las sarisas, resistió con bravura durante


            un  largo  rato.  Cuando  el  dictador  cayó,  el  cónsul

            Bubulco se plantó bajo el águila y con la espada en alto


            trató de animar a sus hombres para que murieran como

            romanos. Gayo Julio, que estaba a unos treinta pasos


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