Page 118 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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La expresión de Isaac se torció.
Unos muñones rotos sobresalían de las encías, allá donde
deberían haber relucido unas peligrosas navajas de treinta
centímetros. Se los habían partido, comprendió Isaac, por
miedo a su peligroso mordisco venenoso.
Contempló al monstruo roto, restallando su lengua negra.
Devolvió la cabeza al suelo.
— Por el culo de Jabber —susurró Isaac a Derkhan con
lástima y disgusto— Nunca pensé que sentiría pena por algo
así.
—Te hace preguntarte por el estado en que encontraremos
al garuda —replicó la periodista.
El histrión corría apresuradamente la cortina sobre la triste
criatura. Mientras lo hacía, contó a los espectadores la
historia de la prueba del veneno de Libintos, a manos del Rey
Mafadet.
Historias para niños, leyendas, mentiras y espectáculo,
pensó Isaac despectivo. Reparó en que solo les habían dado
un instante para contemplar al ser, menos de un minuto. Así
la gente no se dará cuenta de que no se trata más que de un
animal moribundo.
No podía sino imaginarse al mafadet en todo su esplendor.
El peso inmenso de aquel corpachón pardo que se arrastraba
por el matorral seco, el golpe eléctrico del mordisco
venenoso.
Los garuda trazando círculos en el aire, sus hojas
dispuestas.
Comenzaban a llevar a la gente hacia la siguiente
atracción. Isaac hacía caso omiso del rugido de su guía.
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