Page 129 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Isaac vio que tenía una manzana caramelizada apresada

            entre las mandíbulas. Las fauces interiores masticaban con

            delicia.

                ¿Qué tal ha ido, tesoro?, señaló.


                —Un  desastre  sin  paliativos  —protestó  Isaac  con
            desdicha—. Ya te lo contaré todo.


                Incluso se arriesgó a cogerle la mano brevemente cuando

            volvieron la espalda a la feria.

                Las tres pequeñas figuras desaparecieron en las lóbregas

            calles  de  Sobek  Croix,  donde  la  luz  de  gas  era  marrón  y

            mortecina, cuando la había. Tras ellos, la caótica barahúnda

            de  color,  metal,  vidrio,  azúcar  y  dulce  seguía  vomitando

            ruido y contaminación lumínica a los cielos.



















































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