Page 130 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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                Del otro lado de la ciudad, de las tenebrosas callejuelas de

            Ecomir y de las chabolas de Malado, de la celosía de canales

            anegados por el polvo, del Meandro de la Niebla y de las

            desvaídas fincas de Barracan, de las torres de la Cuña del

            Alquitrán  y  del  hostil  bosque  de  hormigón  de  la  Perrera,

            llegaba  una  noticia  apenas  susurrada.  «Alguien  paga  por

            cosas voladoras».

                Como  un  dios,  Lemuel  insuflaba  vida  en  el  mensaje,

            haciéndolo volar. Los delincuentes de baja estofa lo oían de

            los camellos; los comerciantes se lo contaban a caballeros

            decadentes;  los  doctores  de  dudoso  historial  recibían  la

            noticia de sus matones ocasionales.

                La petición de Isaac barría todos los suburbios y nidos, y

            viajaba  por  la  arquitectura  alternativa  defecada  en  los

            sumideros humanos.

                Allá donde las casas putrefactas pendían precarias sobre

            los  patios,  las  pasarelas  de  madera  parecían  parirse  solas,

            uniendo, conectando las viviendas con las calles y callejones,

            donde bestias de carga exhaustas cargaban arriba y abajo con

            productos de pésima calidad. Los puentes se abrían como

            miembros rotos sobre las trincheras urbanas. El mensaje de

            Isaac recorría aquel horizonte caótico como un felino salvaje.

                Pocas  expediciones  de  aventureros  urbanos  tomaban  la

            línea  Hundida  al  sur  de  la  estación  del  Páramo  y  se

            aventuraban  en  el  Bosque  Turbio.  Paseaban  por  las  vías

            desiertas cuanto les era posible, saltando de una traviesa de

            madera a otra, dejando atrás la innombrada estación en las
            afueras  del  bosque.  Los  andenes  se  habían  rendido  a  la

            vegetación;  las  vías  estaban  cuajadas  de  clientes  de  león,



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