Page 135 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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del aire en movimiento, y que se abría ante la orden de un
pistón oculto, activado por una palanca. A su lado había una
pequeña ranura para una tarjeta de programas.
Más allá, una jaula de alambre colgaba bajo la piel de
obsidiana del Parlamento, con un lado abierto que daba al
umbral. Estaba suspendida del techo y de dos costados por
cadenas que se mecían suavemente, traqueteando y
perdiéndose en la marea de tinieblas que se extendía sin
remisión allá donde mirara el oficinista; este arrastró la caja
hasta la abertura y la metió en la jaula, que se escoró un tanto
por el peso.
Liberó una escotilla que se cerró con rapidez, encerrando
la caja y sus contenidos en malla de alambre por todos sus
lados. Cuando cerró la puerta deslizante, buscó en sus
bolsillos y sacó las gruesas tarjetas de programas que
obraban en su poder, cada una claramente marcada:
«Milicia», «Inteligencia», «Fondos», etc. Deslizó la tarjeta
apropiada en la ranura junto a la portezuela.
Se produjo un zumbido. Diminutos, sensibles pistones
reaccionaron a la presión. Alimentados por el vapor
procedente de las vastas calderas del sótano, delicados
engranajes rotaron sobre la tarjeta. Allá donde los dientes,
provistos de muelles, encontraban secciones cortadas en la
tarjeta, se introducían por un momento y hacían que un
minúsculo interruptor fuera activado en el mecanismo.
Cuando las ruedas completaban su breve exploración, la
combinación de interruptores encendidos y apagados se
traducía en instrucciones binarias que volaban por la
corriente de vapor y electricidad que surcaba los tubos y
cables, hasta llegar a máquinas analíticas ocultas.
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