Page 142 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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retorcía oleaginoso en una enorme cisterna de lodos
viscosos, y alcanzó a divisar tentáculos dentados que
exploraban el tanque, golpeando a su paso. La mujer se veía
bañada por hipnóticas luces orgánicas. Pasó junto a una
pequeña jaula cegada por un lienzo negro, con señales de
advertencia situadas ostentosamente en todos sus costados,
con instrucciones sobre cómo tratar al contenido. Sus colegas
se acercaban y alejaban con portapapeles, bloques infantiles
de colores y trozos de carne putrefacta.
Frente a ella se habían construido unas paredes temporales
de madera negra, de siete metros de altura, que rodeaban un
espacio de unos cinco metros cuadrados. Incluso se había
dispuesto un techado de hierro corrugado. En la entrada de
aquella estancia interior, cerrada con candado, aguardaba un
guardia de blanco con la cabeza dispuesta de modo que
pudiera soportar el peso de un extraño casco. A sus pies había
otros cascos similares.
La mujer asintió al guardia e indicó su deseo de entrar. El
hombre comprobó la identificación alrededor de su cuello.
— ¿Sabe pues lo que hay que hacer? —preguntó en voz
queda.
Ella asintió y depositó con cuidado la caja en el suelo,
después de comprobar que las cuerdas seguían firmes.
Entonces tomó uno de los cascos a los pies del guardia y lo
depositó sobre su cabeza.
Se trataba de una jaula de tuberías y tornillos de bronce
que rodeaban todo el «cráneo, con un pequeño espejo
suspendido a cuarenta y cinco centímetros, delante de cada
ojo. Afirmó la correa de la papada para estabilizar aquel
pesado artefacto, antes de volverse hacia el guardia y ajustar
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