Page 139 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Ya puedes relajarte, pensó para calmarse. El peligro ya ha
pasado.
Pasaron dos o tres minutos, mas no llegó nadie. El
burócrata seguía solo. Su extraña malversación había pasado
desapercibida. Respiró con mayor facilidad.
Al fin volvió a contemplar su albarán falsificado, y reparó
en que se trataba de un muy buen trabajo. Abrió el libro
mayor y, en la sección marcada como «I+D», registró la
fecha y la información: «27 de Chet, Anno Urbis 1779: del
barco mercante X. PA ciempiés: 4».
El último número pareció brillar, como si estuviera escrito
en rojo.
Anotó la misma información en su informe diario antes de
tomar la caja sellada y llevarla a la pared. Abrió la portezuela
y se inclinó sobre el pequeño umbral metálico, depositando
la caja de gusanos en la jaula que allí esperaba. Bocanadas
de un aire rancio, seco, rasparon su rostro desde la oscura
cavidad entre la piel y las vísceras del Parlamento.
Cerró la jaula, y después la portezuela. Buscó con torpeza
entre sus tarjetas de programas y consiguió al fin extraer la
marcada «I+D» con dedos aún temblorosos. La introdujo en
la máquina de información.
Se produjo un siseo mecánico y un sonido castañeteante
cuando las instrucciones se transmitieron por los pistones,
martillos y engranajes, y la jaula fue arrastrada hacia arriba
a velocidad vertiginosa desde el despacho del secretario, más
allá de las colinas del Parlamento, hacia las cumbres
escarpadas.
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