Page 140 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
P. 140

La caja de ciempiés se balanceaba mientras era arrastrada

            a  las  tinieblas.  Ajenos  a  su  travesía,  los  gusanos

            circunnavegaban  su  pequeña  prisión  con  espasmos

            peristálticos.

                Unos  motores  silenciosos  transfirieron  la  jaula  de  un

            gancho a otro, cambiaron su dirección y la dejaron caer sobre

            unas oxidadas cintas transportadoras, que la llevaron a otra

            parte  de  las  entrañas  del  Parlamento.  La  caja  trazaba

            invisibles  espirales  por  todo  el  edificio,  en  un  ascenso

            gradual  e  inexorable  hacia  el  Ala  Este  de  alta  seguridad,
            atravesando venas mecanizadas hasta alcanzar las torretas y

            protuberancias orgánicas.


                Al fin, la jaula de alambre cayó con un sordo campaneo

            sobre una cama de muelles. Las vibraciones de la esquila se
            perdieron  en  el  silencio.  Pasado  un  minuto,  la  portezuela

            correspondiente se abrió y la caja de larvas fue bruscamente

            sometida a una luz áspera.


                No había ventanas en aquella sala blanca y alargada, solo
            lámparas incandescentes de gas. Cada rincón de la estancia

            era  visible  en  su  esterilidad.  No  había  polvo,  ni  suciedad

            alguna. La limpieza era dura, agresiva.


                Por todo el perímetro del lugar, personas con batas blancas

            se afanaban en obscuras tareas.

                Fue  una  de  aquellas  brillantes  y  ocultas  figuras  la  que

            desató las cuerdas de la caja y leyó el albarán. Abrió con

            cuidado la caja y observó su interior.

                Tomó  la  caja  de  cartón  y  la  transportó,  alejada  de  su

            cuerpo, por toda la estancia. En el otro extremo, uno de sus

            colegas,  un  enjuto  cacto  con  las  espinas  cuidadosamente

            aseguradas bajo un grueso guardapolvo blanco, le abrió las


                                                           139
   135   136   137   138   139   140   141   142   143   144   145