Page 137 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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diminutas y pegajosas patas. Gruesas antenas sobresalían de
la cabeza, por encima de una boca minúscula. La parte
delantera del cuerpo estaba cubierta por un pegajoso vello
multicolor que no dejaba de agitarse.
Las gruesas y pequeñas criaturas se ondulaban
ciegamente.
El oficinista vio, demasiado tarde, un albarán desgarrado
y adosado a la parte trasera de la caja, prácticamente
destruido en el viaje. Tenía orden de registrar cualquier
paquete con albarán como este y lo enviaba sin abrirlo.
Mierda, pensó nervioso. Desdobló las mitades rotas de la
nota, que seguía siendo legible.
«PA ciempiés x 5». Eso era todo.
El secretario se recostó y pensó unos momentos,
observando a las pequeñas criaturas peludas arrastrándose
las unas encima de las otras sobre el papel en el que
descansaban.
¿Ciempiés?, pensó, sonriendo ansioso. No dejaba de
lanzar miradas al pasillo que se abría frente a él.
Raros ciempiés... de alguna especie extranjera, pensó.
Recordó los susurros en el bar, los guiños y asentimientos.
Había oído a un tipo del local ofrecer dinero por tales
criaturas. Cuanto más raros, mejor, había dicho.
El rostro del secretario se arrugó de repente con miedo y
avaricia. Su mano sobrevoló la caja, acercándose y
retirándose indecisa. Se levantó y se dirigió a la entrada de
su despacho, para escuchar. Del oscuro pasillo no llegaba
sonido alguno.
Regresó a su escritorio, calculando frenético el riesgo y el
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