Page 150 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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recordaba  de  los  rasgos,  de  las  protuberancias  óseas,  las

            cavidades  musculares;  entonces  comenzaba  a  expulsar  la

            espesa pasta de su glándula dilatando los esfínteres labiales,

            contrayendo y estirando, girando y suavizando la masa hasta
            darle forma.


                Usaba el nácar opalescente de su esputo con habilidad. No

            obstante, en ciertas zonas los tonos de la horrísona carne del

            señor  Motley  eran  demasiado  espectaculares,  demasiado

            llamativos, imposibles de representar. Lin buscaba y elegía

            un puñado de bayas de color dispuestas en la paleta, creando
            sutiles  combinaciones  al  comerlas,  como  un  cuidadoso

            cóctel de rojos, azules, amarillos, púrpuras y negros.


                El vivido jugo pasaba de la boca a los peculiares derroteros

            intestinales,  hasta  llegar  a  un  adjunto  de  su  saco  torácico
            principal. En cuatro o cinco minutos, podía diluir la mezcla

            cromática con el esputo khepri. Después rezumaba el líquido

            con delicadeza y lograba degradados, asombrosos tonos en

            patrones  sugerentes  que  se  coagulaban  rápidamente  y

            cobraban forma.

                Solo al final de las horas de trabajo, hinchada y exhausta,

            con la boca hedionda por el ácido de las bayas y el mustio

            sabor a tiza de la pasta, Lin podía girarse y ver su creación.

            Tal  era  la  habilidad  de  las  artistas  glandulares,  pues

            trabajaban a ciegas.

                La  primera  de  las  piernas del  señor  Motley  ya cobraba

            forma, decidió, con cierto orgullo.


                Las  nubes  visibles  a  través  de  las  claraboyas  se

            arremolinaban  vigorosas,  se  disolvían  y  recombinaban  en
            jirones y fragmentos del cielo. El aire del ático estaba muy

            quieto, en comparación. El polvo colgaba inerte. El señor



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