Page 160 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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atestada de jaulas llenas de bichos aleteantes y chillones. El
lugar estaba inundado por los sonidos del aire desplazado, de
los aleteos y batidos repentinos, del goteo de heces de los
animales y, por encima de todos ellos, el del constante
chirrido de los pájaros cautivos. Palomas, gorriones y
estorninos mostraban su desencanto con arrullos y trinos:
débiles por sí mismos, pero un coro agudo y rechinante en
masse. Los loros y canarios puntuaban la cháchara animal
con exclamaciones insoportables que hacían a Isaac apretar
los dientes. Gansos, pollos y patos sumaban un aire rústico a
la cacofonía. Las aspis revoloteaban las pequeñas distancias
que permitían sus jaulas y golpeaban con sus cuerpos de
reptil los límites de su confinamiento. Lamían las heridas con
sus diminutos y serios rostros de león, y rugían como ratones
agresivos. Enormes tanques transparentes de moscas, abejas,
avispas, mariposas y escarabajos voladores sonaban como un
violento motor. Los murciélagos colgaban boca abajo y
observaban a Isaac con ojos pequeños y fervorosos, mientras
las serpientes libélula siseaban sobre el frufrú de sus alas
elegantes.
No se había limpiado el suelo de las jaulas, y el olor acre
del guano era muy fuerte. Isaac vio que Sinceridad se
bamboleaba arriba y abajo por la estancia, sacudiendo su
cabeza pelada. David vio a Isaac mirándola.
—Sí—gritó—. ¿Ves? No soporta el hedor.
—Camaradas —respondió Isaac—. Agradezco
sinceramente vuestra paciencia. Es un toma y daca, ¿no?
Lub, ¿recuerdas cuando realizaste aquellos experimentos con
el sonar y tuviste a aquel tipo aporreando el tambor durante
dos días?
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