Page 175 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Perrera.
Unos pocos bloques grises se alzaban desde las calles
como la maleza en un pozo negro, rezumante el hormigón
pútrido. Muchos no habían sido terminados y tenían soportes
de hierro que sobresalían sobre el espectro de los tejados,
oxidados, que sangraban con la lluvia y la humedad y
manchaban la piel de los edificios. Los dracos revoloteaban
como cuervos carroñeros sobre tales monolitos, infestando
las plantas superiores y emporcando las cubiertas vecinas
con estiércol. La silueta del desolado paisaje urbano de la
Perrera se hinchaba, latía, mutaba cada vez que Derkhan lo
veía. Se excavaban túneles en una infraciudad que se
canceraba en una red de ruinas, cloacas y catacumbas bajo
Nueva Crobuzon. Las escalas apoyadas un día contra una
pared eran clavadas al siguiente, reforzadas después, hasta
que tras una semana se convertían en escaleras hacia una
nueva planta, tendidas precarias sobre dos pisos al borde del
colapso. Allá donde miraba, Derkhan podía ver gente
tumbada, o corriendo, o luchando sobre el horizonte de
cubiertas.
Se tensó cuando la miasma de la Perrera se filtró en el
vagón, que comenzaba a frenar.
Como era habitual, no había nadie en la salida de la
estación para comprobar su billete. De no haber sido por las
graves consecuencias en caso de ser descubierta, por nimias
que fueran las probabilidades, no se hubiera molestado en
comprar uno. Lo depositó sobre el mostrador y descendió.
Las puertas de la estación de la Perrera siempre estaban
abiertas. Estaban fijadas por el óxido, y las enredaderas las
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