Page 180 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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conseguido capturar a uno de los animales, y entre
maldiciones, gruñidos y otros terribles sonidos arrojaron su
enorme peso por la abertura. El cerdo chilló al hundirse en
las tinieblas, rígido por el terror al caer sobre los cuchillos
que lo esperaban.
Se produjo un enfermizo crujido cuando las pequeñas y
rígidas patas del puerco se rompieron contra el suelo,
cubierto de sangre y defecaciones. Se derrumbó con las patas
sangrando por las astillas de hueso, gazmiando y aullando,
incapaz de incorporarse para luchar. Los tres hombres
avanzaron con precisión. Uno se inclinó sobre las ancas del
cerdo en caso de que se revolviera, otro le tiró de las orejas
para alzar la cabeza y el tercero le abrió la garganta con el
cuchillo.
Los chillidos remitieron rápidamente con los borbotones
de sangre. Los hombres levantaron la enorme y convulsa
masa y la depositaron en una mesa, donde aguardaba una
sierra oxidada. Uno de ellos vio a Derkhan e hizo una señal
a otro.
— ¡Ey, ey, Ben, tu caballito, tu renegada! ¡Tu guapa
fulana! —gritó de buen humor, lo bastante alto como para
Derkhan lo oyera. El hombre al que se dirigía se volvió y la
saludó.
—Cinco minutos —gritó, y ella asintió. Aún tenía el
pañuelo apretado contra la boca, mientras pugnaba contra la
bilis negra y el vómito.
Una y otra vez, los gigantescos y aterrados cerdos eran
arrojados desde arriba en una convulsa masa orgánica, con
las patas quebradas en ángulos antinaturales contra sus
entrañas. Una y otra vez eran abiertos en canal y desangrados
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