Page 176 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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habían anclado a las paredes. Derkhan se sumergió en la
mollizna y el tufo de la calle del Lomo Plateado. Las
carretillas se apoyaban contra las paredes, cubiertas de
hongos y pasta descompuesta. Toda suerte de mercancías
(algunas de sorprendente calidad) estaba allí disponible.
Derkhan se giró y se adentró en el suburbio, rodeada al
instante por una perenne cacofonía de gritos, anuncios que
sonaban más como una turba alborotada. Por lo general, la
comida era la más proclamada.
— ¡Cebollas! ¡Quién quiere unas estupendas cebollas!
— ¡Buccinos! ¡Compren buccinos!
— ¡Un caldo para calentarse!
Otros bienes y servicios se mostraban en cada esquina.
Las putas se congregaban en patéticos y estridentes
grupos. Enaguas sucias, volantes de mal gusto y seda robada,
caras pintarrajeadas de blanco y escarlata sobre los
moratones y las venas rotas, riendo con bocas llenas de
dientes partidos, y esnifando diminutas rayas de shazbah
cortada con hollín y matarratas. Algunas eran niñas que
jugaban con pequeñas muñecas de papel y aros de madera
cuando nadie las miraba, pero gesticulaban lascivas y lamían
el aire cuando un hombre pasaba a su lado.
Los viandantes de la Perrera eran lo peor de una casta
despreciada. Quien quisiera una decadente, innovadora,
obsesiva y fetichista corrupción y perversión de la carne
acudía a otras partes, a la zona entre el Cuervo y Hogar de
Esputo. En la Perrera solo se disponía de los alivios más
rápidos, simples y baratos. Los clientes eran tan pobres,
sucios y malsanos como las fulanas.
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