Page 206 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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estación  de  Perdido,  el  Parlamento,  la  cúpula  del

            Invernadero: todos eran visibles, abriéndose paso sobre el

            horizonte elevado. Al otro lado de la colina, Lin divisó los

            kilómetros y kilómetros del Bosque Turbio desaparecer por
            un terreno irregular. Aquí y allá, pequeños oteros rocosos se

            liberaban  del  follaje.  Al  norte  estaba  el  largo  paisaje

            ininterrumpido de los suburbios de clase media de Serpolet

            y Hiél, la torre de la milicia en el Montículo de San Jabber,

            las vías elevadas de la línea Verso que atravesaban Ensenada

            y  Campanario.  Sabía  que  justo  detrás  de  aquellos  arcos

            cubiertos  de  hollín,  a  tres  kilómetros,  se  encontraba  el

            serpenteante curso del Alquitrán, que se llevaba los barcos y

            sus cargamentos a la ciudad desde las estepas del sur.

                Isaac bajó las manos y sus pupilas se encogieron.

                Revoloteando acrobáticos sobre sus cabezas había cientos

            de  garuda.  Comenzaron  a  descender,  trazando  limpias

            espirales hasta caer en picado, con las garras de las patas

            alineadas,  sobre  Lin  e  Isaac.  Llovían  del  cielo  como

            manzanas maduras.

                Había al menos doscientos, estimó Lin, que se acercó un

            poco a Isaac, nerviosa. Los garuda medían una media de un

            metro  ochenta  y  cinco,  sin  contar  las  magnificas

            protuberancias de sus alas dobladas. No había diferencia de

            altura o musculatura entre machos y hembras.  Ellas  se

            cubrían  con  gasas  mientras  ellos  vestían  taparrabos  o

            pantalones cortados. Eso era todo.

                Lin medía poco más de un metro cincuenta, por lo que no

            podía ver más allá del primer círculo de garuda que los rodeó

            a la distancia de un brazo, aunque sabía que no dejaban de

            caer  desde  el  cielo;  sentía  su  número  creciendo  a  su



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