Page 325 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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eran el cerebro del constructo, una riada de nuevos datos e

            instrucciones se desataba violentamente. Transmitida por los

            pistones,  los  tornillos  y  las  innumerables  válvulas,  los

            rudimentos  de  la  inteligencia  se  apelotonaban  en  aquel
            espacio limitado.


                Infinitesimales descargas de energía recorrían martillos de

            vapor  diminutos,  de  delicada  precisión.  En  el  centro  del

            cerebro se encontraba una caja macizada con hileras e hileras

            de minúsculos interruptores binarios que saltaban arriba y

            abajo a velocidad cada vez mayor. Cada uno era una sinapsis
            de  vapor  que  apretaba  botones  y  activaba  palancas  en

            combinaciones de intensa complejidad.


                El constructo se sacudía.

                En lo más profundo de su motor de inteligencia circulaba

            el peculiar bucle solipsista de datos que constituía el virus,

            nacido allá donde una diminuta rueda dentada había patinado

            un  instante.  Cuando  el  vapor  recorrió  aquella  parrilla

            cerebral a velocidad y potencia cada vez mayores, el inútil
            conjunto de preguntas del invasor se puso a circular en un

            circuito  autista,  abriendo  y  cerrando  las  mismas  válvulas,

            activando los mismos interruptores en el mismo orden.


                Pero esta vez el virus había sido alimentado. Cuidado. Los

            programas que el técnico había cargado en el motor analítico

            del artefacto enviaban extraordinarias instrucciones por todo
            el  cerebelo  de  tuberías.  Las  válvulas  saltaban  y  los

            interruptores  zumbaban  con  un  stacatto  de  temblores,  de

            apariencia demasiado rápida como para tratarse de otra cosa

            que  puro  azar.  Más,  en  aquellas  abruptas  secuencias  de

            código numérico, el desagradable y pequeño virus mutó y

            evolucionó.



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