Page 338 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
P. 338
—Muy bien —dijo Lublamai, regresando a su trabajo con
un saludo—. Que lo pases bien.
Isaac gruñó una despedida.
Se detuvo en medio de la Vía del Remero y suspiró, por el
mero placer del aire. La pequeña calle no estaba muy
concurrida, pero tampoco desierta. Saludó a uno o dos de sus
vecinos antes de girarse y dirigirse hacia la Aduja. Era un día
magnífico, y había decidido pasear hasta los Campos
Salacus.
El aire cálido se filtraba a través de la puerta, las ventanas
y las grietas en las paredes del almacén. Lublamai se detuvo
un instante para ajustarse la ropa. Sinceridad jugueteaba con
un escarabajo. El constructo había terminado de limpiar
hacía un tiempo, y ahora aguardaba tranquilo en una esquina,
con una de sus lentes ópticas aparentemente fija en él.
Poco después de que Isaac se marchara, el científico se
levantó e, inclinándose sobre la ventana abierta junto a su
mesa, ató una bufanda roja a un tornillo en el ladrillo.
Escribió una lista de las cosas que necesitaba y esperó a que
apareciera Teparadós. Después volvió al trabajo.
A las cinco de la tarde el sol seguía en lo alto, pero ya
comenzaba a descender sobre la tierra. La luz se espesaba a
toda velocidad y se tornó leonada.
Dentro de la crisálida pendular, la vida en pupa podía
sentir el ocaso. Tembló y flexionó su carne casi acabada. En
su icor, en los derroteros de su cuerpo, comenzó una última
batería de reacciones químicas.
A las seis y media, un débil golpe en el exterior
337

