Page 343 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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oscuras  girando  y  bullendo  en  perfecta  simetría  sobre  las

            alas, como las nubes en el cielo nocturno reflejadas en el

            agua.




                Teparadós gañó y se giró para contemplar a la criatura que
            ya comenzaba a descender por las escaleras, con las alas aún

            desplegadas.  Entonces  los  patrones  de  manchas  lo

            capturaron y se quedó mirándolos, boquiabierto.


                Los siniestros diseños de las alas mutaban seductores.

                Lublamai  y  Teparadós  estaban  quietos  y  silenciosos,

            aturdidos,  babeantes  y  temblorosos,  admirando  aquellos

            magníficos miembros. La criatura cató el aire.

                Miró un instante al draco y abrió las fauces, pero se trataba

            de  un  bocado  escaso.  Giró  la  cabeza  y  se  encaró  con

            Lublamai,  con  las  alas  aún  abiertas,  hechizadoras.  Gimió

            hambrienta,  con  un  timbre  inaudible  que  hizo  que

            Sinceridad,  ya  enferma  por  el  terror,  chillara.  El  tejón  se

            ocultó cuanto pudo a la sombra del constructo inmóvil, que

            descansaba  contra  la  pared  en  una  esquina  de  la  nave,

            mientras las sombras incomprensibles se desplegaban ante

            sus lentes. El aire zumbaba con el sabor de Lublamai. La
            criatura salivó y las alas estallaron en un frenesí; el gusto del

            humano  se  hizo  más  y  más  fuerte,  hasta  que  la  lengua

            monstruosa de aquel espanto inenarrable emergió y se movió

            hacia  delante,  apartando  sin  esfuerzo  a  Teparadós  de  su

            camino. La criatura tomó a Lublamai en su famélico abrazo.














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