Page 342 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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espejo,  sus  pies  trastabillando  sobre  el  suelo  de  piedra,

            aquella cosa en lo alto de la escalera abrió las alas.

                Cuatro  crujientes  concertinas  de  materia  negra  se

            extendieron desde la espalda de la criatura, y de nuevo, y otra

            vez, encontrando su posición, abanicando y extendiéndose

            en vastos dobleces de carne gruesa y moteada, aumentando

            hasta  alcanzar  un  tamaño  imposible  en  una  explosión  de

            patrones  orgánicos,  como  una  bandera  desarrollándose,

            abriendo los puños cerrados.

                El ser inspiró y extendió aquellas alas colosales, carnosos

            e  inmensos  pliegues de  cuero  rígido  que parecían  abarcar

            todo el lugar. Eran irregulares, de forma caótica, como una

            espiral aleatoria y fluida; pero su simetría era perfecta, como

            la mancha derramada o los patrones de pintura en un papel
            plegado.


                Y  en  aquellos  grandes  paneles  lisos  había  manchas

            oscuras,  toscos  patrones  que  parecían  parpadear  mientras

            Lublamai  los  miraba  y  Teparadós  trataba  de  alcanzar  la
            puerta,  aullando.  Los  colores  eran  los  de  la  medianoche,

            sepulcrales,  negro  azulados,  pardos,  negros,  rojizos.  Y

            entonces las figuras se movieron, desplazándose las sombras

            como amebas en una lupa, como el aceite sobre el agua. Los

            patrones  a  izquierda  y  derecha  seguían  concordando,

            moviéndose al unísono, hipnóticos y pesados, cada vez más

            rápidos. El rostro de Lublamai se arrugó. La espalda empezó

            a picarle de forma maníaca ante el mero pensamiento del ser

            que  había  tras  él.  Se  giró  para  encararlo,  para  observar
            directamente los colores mutantes, aquel vivido despliegue

            del horror...


                ...y  ya  no  pensó  en  gritar,  sino  en  observar  las  marcas



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