Page 340 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Lublamai o Teparadós pudieran oírlo.
Una húmeda, negra garra esculpida desgajó las fibras del
capullo. Se deslizó lentamente hacia arriba, rompiendo el
rígido material sin esfuerzo alguno, como si se tratara del
cuchillo de un asesino. Una batería de sentidos totalmente
alienígenos se derramó como vísceras invisibles desde la
raja. Desorientadoras ráfagas de sentimientos vagaron un
instante por la habitación, haciendo que Sinceridad gruñera
y que Lublamai y Teparadós miraran un instante, nerviosos,
hacia arriba.
Unas manos intrincadas emergieron de la oscuridad y
sostuvieron los extremos de su prisión. Apretaron en
silencio, forzando la apertura del caparazón. Con el más leve
de los sonidos, el cuerpo trémulo se deslizó fuera de su
cáscara, húmedo y resbaladizo como un recién nacido.
Durante un instante permaneció sobre la madera, débil y
confuso, en la postura encorvada que había mantenido dentro
de la crisálida. Poco a poco se estiró, saboreando el repentino
espacio. Cuando se encontró con la tela de gallinero de la
jaula, la desgarró sin esfuerzo y se arrastró hacia la pasarela.
Se descubrió. Aprendió su forma.
Comprendió que tenía necesidades.
Lublamai y Teparadós saltaron ante el chirrido y el sonido
discordante del alambre cortado. El sonido parecía comenzar
arriba y derramarse por toda la estancia. Se miraron un
instante y volvieron a alzar la vista.
— ¿Qué es eso, jefe? —preguntó el draco.
Lublamai se levantó y escudriñó la balconada de Isaac; se
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