Page 339 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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interrumpió a Lublamai, que alzó la mirada para ver a
Teparadós en la callejuela, frotándose la cabeza con el pie
prensil. El draco miró a Lublamai y exclamó un grito de
bienvenida.
— ¡Señor Lublub! ¡Hacía mis rondas, vi el rojo...!
—Buenas noches, Teparadós. ¿Quieres pasar? —Se
apartó de la ventana para dejar entrar al draco. Teparadós
aleteó hasta el suelo con un movimiento pesado. Su piel
rojiza era hermosa bajo los últimos jirones de luz que
reflejaba. Sonrió a Lublamai con su alegre y espantosa
expresión.
— ¿Cuál es el plan, jefe? —gritó. Antes de que Lublamai
pudiera responder, miró a Sinceridad, que lo observaba
indecisa. Extendió las alas, sacó la lengua y le hizo una
mueca. El animal se escabulló disgustado.
Teparadós rió escandaloso y eructó.
Lublamai sonrió indulgente. Antes de que el draco tuviera
otra ocasión para despistarse, lo empujó hacia la mesa donde
esperaba la lista de la compra. Le dio un trozo de chocolate
para concentrar su atención en el trabajo.
Mientras discutían sobre cuántas verduras podía
transportar el draco por el aire, algo sobre ellos se agitó.
En las sombras cada vez más oscuras de la jaula, en el
laboratorio elevado de Isaac, el capullo oscilaba mecido por
una fuerza que no era el viento. El movimiento dentro de
aquel tenso envoltorio orgánico le transmitía una rápida
vibración hipnótica. Giró, vaciló, corcoveó. Se produjo un
infinitesimal sonido de rasgadura, demasiado débil para que
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