Page 344 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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                El  ocaso  sangró  los  canales  y  los  ríos  convergentes  de

            Nueva Crobuzon, que discurrían espesos y sanguinolentos

            bajo su luz. Los turnos cambiaron y el día de labor terminó.

            Comitivas  de  fundidores  agotados  y  otros  trabajadores

            fabriles,  secretarios,  horneros  y  descargadores  de  coque

            abandonaban  las  factorías  y  oficinas  en  dirección  a  las

            estaciones.  Los  andenes  estaban  llenos  de  cansadas  y

            vociferantes discusiones, de cigarrillos y alcohol. Las grúas

            de  vapor  en  Arboleda  trabajan  de  noche,  arrancando  sus
            exóticas mercancías a los barcos extranjeros. Desde el río y

            los  grandes  embarcaderos,  sorprendentes  estibadores

            vodyanoi  insultaban  a  las  dotaciones  humanas  de  los

            muelles. El cielo sobre la ciudad estaba manchado de nubes.

            El aire era cálido y su olor alternaba entre lo exuberante y lo

            hediondo,  como  si  los  árboles  frutales  y  los  deshechos

            fabriles se coagularan en pastosas corrientes.

                Teparadós  salió  disparado  del  almacén  en  la  Vía  del

            Remero como una bala de cañón. Perforó el cielo desde la

            ventana rota, dejando atrás un reguero de sangre y lágrimas,

            lloriqueando y moqueando como un bebé, volando en una
            tosca espiral hacia Pincod y el Parque Abrogate.


                Los minutos se amontonaron unos detrás de otros, y una

            forma más oscura lo siguió a los cielos.

                El intrincado neonato se deslizó por una ventana superior

            y  se  lanzó  al  crepúsculo.  Sus  movimientos  en  tierra  eran

            precavidos, cada desplazamiento parecía experimental. En el

            aire renació. No había titubeos, solo gloria vivaz.

                Las alas irregulares se juntaban y separaban con enormes,

            silenciosas ráfagas que desplazaban grandes bocanadas de



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