Page 346 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Cuando hubo terminado voló de nuevo, embriagado por el

            sabor.

                Planeó  en  busca  del  centro  de  la  ciudad,  girando,

            arrastrado lentamente hacia la enorme mole de la estación de

            Perdido. Se abrió camino hacia el oeste, hacia Corazón de

            Esputo  y  los  barrios  bajos,  hacia  la  contradictoria

            mezcolanza de comercio y podredumbre que era el Cuervo.

            Tras él, horadando el aire como una trampa, se encontraba el

            oscuro  edificio  del  Parlamento,  así  como  las  torres  de  la

            milicia en la Isla Strack y en la Ciénaga Brock. La criatura
            trazó  su  curso  irregular  sobre  la  senda  del  tren  aéreo  que

            conectaba aquellas torres más bajas con la Espiga, que se

            alzaba sobre el hombro occidental de la estación de Perdido.


                El  ser  volador  reparó  en  las  cápsulas  que  recorrían  los
            raíles. Flotó unos instantes, fascinado por el traqueteo de los

            trenes que se extendían desde la estación, aquella monstruosa

            enormidad arquitectónica.


                Se  sentía  atraída  por  las  vibraciones  de  un  centenar  de
            registros  y  llaves,  pues  las  fuerzas,  las  emociones  y  los

            sueños  se  derramaban  y  amplificaban  en  las  cámaras  de

            ladrillo de la estación, hasta salir proyectados hacia el resto

            de la ciudad. Era un masivo e invisible rastro suculento.


                Los primeros pájaros nocturnos se alejaban violentos de

            aquel ser extraño que batía sus alas hacia el corazón podrido
            de la ciudad. Los dracos en medio de sus recados veían su

            silueta  incomprensible  y  cambiaban  de  dirección,

            profiriendo obscenidades y maldiciones.


                Las grandes grúas y los zánganos zumbaban al avisarse los
            dirigibles unos a otros mediante bocinazos y se deslizaban

            lentamente  entre  la  conurbación  y  el  cielo,  como  gruesos



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