Page 357 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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en busca de intrusos, comprendió que hacía un tiempo se le
había ocurrido una terrible idea que había estado agazapada,
perversa, en el fondo de su mente. Se detuvo resoplando.
Poco a poco, levantó la mirada y observó con gélido terror la
parte inferior de las planchas de la pasarela.
Una calma temerosa cayó sobre él como la nieve. Sintió
que sus pies se alzaban y lo llevaban inexorables hacia las
escaleras de madera. Giró la cabeza mientras andaba y vio a
Sinceridad olfateando cada vez más cerca de Lublamai.
Ahora que no estaba sola, comenzaba a recuperar el coraje
poco a poco.
Todo cuanto Isaac veía parecía moverse a cámara lenta.
Caminaba como si estuviera sumergido en agua helada.
Subió un peldaño tras otro. No sintió sorpresa, sino un
débil estremecimiento de presagio, cuando vio los charcos de
extraña baba en las huellas, las marcas recientes dejadas por
alguna criatura dotada de garras. Oyó su propio corazón
latiendo con lo que parecía tranquilidad, y se preguntó si
estaba insensibilizado por el choque.
Pero cuando llegó a lo alto y se volvió para observar la
jaula derribada sobre un costado, con su tupida tela de
gallinero destrozada desde dentro, como pequeños dedos de
metal explotando desde un orificio central, y cuando vio la
crisálida partida y vacía, cuando vio el rastro de oscuros
jugos goteando desde la cáscara, Isaac se oyó gemir
espantado, y sintió cómo los temblores paralizaban su cuerpo
en una gélida marea de carne de gallina que lo recorrió de
arriba abajo. El terror manó de su interior y rebosó a su
alrededor, como la tinta en el agua.
—Oh, dioses... —susurró con labios secos y trémulos—.
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