Page 359 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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presa en el cuello, para desaparecer con el detenido entre la
multitud, o en una torre de la milicia.
Después no quedaban testigos que pudieran explicar con
claridad qué aspecto tenían aquellos agentes en su guisa civil,
y nunca nadie volvía a ver al oficinista, o al hombre de buen
porte, o a cualquiera otro de ellos, en esa parte de la ciudad.
Se llegaba a la seguridad por medio del temor
descentralizado.
Eran las cuatro de la mañana cuando se encontró a la
prostituta y a su cliente en la Ciénaga Brock. Los dos
hombres que caminaban por los callejones oscuros, con las
manos en los bolsillos y la cabeza gacha, se habían detenido
al ver una forma derrumbada bajo la mortecina luz de gas.
Su comportamiento había cambiado. Miraron a su alrededor
antes de entrar en el callejón.
Encontraron a la estupefacta pareja el uno al lado del otro,
con los ojos vidriosos y vacíos, su respiración irregular y un
hedor a limón mohoso. El hombre tenía los pantalones y los
calzoncillos bajados hasta los tobillos y exponía su pene
arrugado. La ropa de la mujer (la falda estaba equipada con
el subrepticio corte que muchas prostitutas empleaban para
acabar rápido el trabajo) estaba intacta. Cuando no
consiguieron reanimarlos, uno se quedó con los cuerpos
mudos mientras el otro se perdía en las tinieblas. Los dos se
habían cubierto la cabeza con capuchas oscuras.
Un poco después, un carruaje negro apareció tirado por
dos enormes caballos. Eran rehechos con cuernos y colmillos
que relucían babeantes. Una pequeña tropa de soldados
uniformados desembarcó y, sin más palabras, introdujeron a
las víctimas comatosas en la oscuridad del vehículo, que
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