Page 456 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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follándose a khepris, a vodyanoi o a otras especies más
exóticas. Viendo aquellos establecimientos, David pensó en
Isaac. Trató de alejar de sí la imagen.
No se detuvo. No tomó a ninguna de las mujeres que lo
rodeaban. Siguió más adentro.
Dobló una esquina y entró en una hilera de casas más bajas
y desagradables. En las ventanas se veían sutiles pistas sobre
la naturaleza de la mercancía. Látigos. Esposas. Una niña de
siete u ocho años en una cuna, lloriqueando y moqueando.
David siguió todavía más hacia dentro. Las multitudes se
fueron diluyendo, aunque nunca estuvo solo. El aire
nocturno rebosaba de leves ruidos. Habitaciones llenas de
conversaciones. Música bien interpretada. Risas. Gritos de
dolor y el ladrido o el aullido de animales.
Había un ruinoso callejón sin salida cerca del corazón del
sector, un pequeño remanso de tranquilidad en el laberinto.
David tomó su empedrado con un débil temblor. En las
puertas de aquellos establecimientos había hombres.
Aguardaban pesados y hoscos, con trajes baratos, y vetaban
al miserable que se acercaba a ellos.
David se dirigió a una de las puertas. El enorme portero lo
detuvo con una mano impasible en el pecho.
—Me ha enviado el señor Tollmeck —musitó David. El
hombre lo dejó pasar.
En el interior, la pantalla de las lámparas era gruesa y
sucia. El recibidor parecía glutinoso con aquella luz del color
de las heces. Detrás de un escritorio esperaba una mujer seria
de mediana edad, ataviada con un traje floral que encajaba
con las pantallas. Miró a David a través de unos anteojos de
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